viernes, 22 de julio de 2016

El desconocido encuentro entre Bouchard y el “Rey” de Joló

BELGRANO AMORETTI·VIERNES, 22 DE JULIO DE 2016

Por Alejandro Rossi Belgrano, adaptado del libro “Nuevos Documentos sobre el crucero de La Argentina a través del mundo”    


 Introducción al artículo  


Con este trabajo comenzaremos la presentación de una serie de artículos con información inédita sobre el crucero que la Fragata La Argentina emprendió entre 1817 y 1819, llevando por primera vez la bandera celeste y blanca alrededor del mundo.
 El capitán de tan audaz empresa fue el franco-argentino Hipólito Bouchard y su misión consistía en llevar los ideales de libertad e independencia a los pueblos que se encontraban bajo la sujeción de la corona española. 
Con este objetivo combatió en Filipinas, California y en toda la costa oeste de América. No podemos dejar de mencionar los sucesos de Madagascar, Hawai´i y Joló.  
Consideramos que la gesta de Hipólito Bouchard merece ser conocida y recordada por todos los argentinos, un valiente que se entregó con corazón y alma a la lucha por la libertad de su patria adoptiva y que dejó todo por ella. 
Si comparten este sentimiento, que consideramos de sano patriotismo, les pedimos que nos ayuden a difundirlo con la convicción de que estos hechos forman parte de nuestra identidad nacional.  

Los sucesos de Joló   


El archipiélago de Joló se encuentra entre Borneo y Mindanao. Está constituido por un gran número de islas muy pequeñas y próximas entre sí. La mayor de todas ellas da nombre al archipiélago y vista desde el mar aparentaba, en aquellos tiempos, un bosque continuado.


 La exuberancia de su vegetación invitaba a los barcos que se aproximaban a desembarcar en busca de comida y agua, pero el paradisíaco escenario ocultaba a los viajantes temibles emboscadas.  
Sus habitantes consideraban el valor como la primera de las virtudes y siempre se jactaban de ser invencibles. Tripulaban las ágiles “proas” y eran eximios navegantes, además de temibles piratas. Todo su mundo giraba en torno a esta actividad, regulaba su economía, sus fuerzas militares y su vida social.  
Sus barcos, si bien pequeños y mal armados, surcaban velozmente las aguas a fuerza de remos. Los pesados veleros que eran alcanzados tenían grandes posibilidades de convertirse en sus víctimas y en ese caso no había piedad con sus tripulantes.      
Bouchard  llegó al archipiélago el 2 de enero de 1818 y permaneció allí por cinco días. Gran cantidad de escollos submarinos y fuertes corrientes dificultan la navegación en estos mares.
Hasta  ahora sólo teníamos la información de su diario para conocer los sucesos que allí ocurrieron: "...me dirigí a la isla de Solu para hacer algunos víveres y verificar los enfermos que tenía a bordo. El día 2 de enero de 1818 fondeé en el puerto de dicha isla, y no las tenía todas conmigo porque me encontré con que sus habitantes parecían todos de la misma gente que los de las proas, y con bastante trabajo hice algunos víveres."
Incorporamos el desconocido relato de un marinero que tripulaba La Argentina. Fue escrito en 1825 y ahora que se aproxima el bicentenario del comienzo de la expedición lo presentamos.
En su escrito explica que al llegar al pueblo percibieron el gran peligro que se presentaba ante ellos. Acababan de enfrentarse con una proa cargada de piratas en el estrecho de Macasar y aunque habían salido victoriosos comprendían que habían arribado a una de sus guaridas.
Pero la necesidad de provisiones y agua hacía necesario arriesgarse para conseguir los vitales suministros. Por lo tanto decidieron quedarse para negociar con el “rey” del lugar. Usamos el término de rey respetando el escrito original, en realidad Joló era en aquellos tiempos una oligarquía feudal y el territorio se dividía en señoríos a mando de un Datto, que a su vez respondía al Sultán de Joló.
Muy cerca del sitio donde había echado anclas La Argentina, se encontraba la desembocadura de un río con el agua tan necesaria para la expedición, pero enviar los botes para llenar los barriles era exponerlos a un ataque.
Entonces, mientras se establecían negociaciones para poder conseguir el adecuado abastecimiento de la fragata, se apostaron centinelas con los mosquetes cargados para repeler cualquier posible intento de lo joloanos. El mayor peligro se presentaría por la noche que inevitablemente se avecinaba sin la llegada del rey.
Ocultas en la oscuridad podían avanzar las silenciosas proas. Si no eran descubiertas a tiempo y conseguían un abordaje exitoso, todo estaría perdido. Muchas embarcaciones de distinto tamaño con cientos de piratas se unirían al ataque y la defensa sería imposible. Su especialidad era el combate a corta distancia con arma blanca, y de todas ellas preferían el puñal Kris, que era además un objeto ritual. Los joloanos suponían que su ondulante hoja de dos filos tenía una presencia espiritual y en el combate tomaba vida propia.




Por ello Bouchard, realizó una severa advertencia a las autoridades locales indicando que si en el transcurso de la noche alguna embarcación se acercaba a nuestra fragata le dispararía con toda su capacidad de fuego. No obstante, en prevención, se dispuso un refuerzo de guardia y el resto de la tripulación durmió con mosquetes y machetes listos para el combate.
La decisión fue acertada pues un centinela percibió movimientos y cautelosamente alertó a toda la tripulación. ¡Los joloanos atacaban a La Argentina! Luego de haber luchado contra los traficantes de esclavos, cruzado todo el Índico, haber sufrido el escorbuto y luchado contra los piratas, eran atacados en el medio de la noche por las proas del pueblo al que recurrieron en busca de víveres.
Se encontraban al otro lado del mundo, muy lejos, demasiado lejos del puerto de Buenos Aires. Si caían esa noche nadie sabría jamás el destino del crucero. No era una batalla más, los tripulantes de La Argentina estaban luchando por sus vidas.
Cuando verificaron que las proas se aproximaban, todos los hombres aprontaron sus armas pero se ordenó a la tripulación que no disparara hasta que estuvieran cerca y de esta forma asegurar el disparo.
La distancia entre los barcos se acortaba, todo estaba en silencio. Cuando las proas llegaron a una distancia de cien yardas se escuchó la orden. ¡Fuego! A bordo de La Argentina, como había ordenado su capitán, se dispararon todas las armas; cañones, mosquetes y pistolas estallaron en un solo trueno que sacudió la tranquilidad de la noche.
Si bien ninguna proa fue hundida, estas se alejaron velozmente y ya no intentarían otro ataque…
En esa noche a principios de enero de 1818, La Argentina había tenido otra secreta victoria.
Llegó el día y por la mañana el rey concurrió a parlamentar con Bouchard. Recibió la autorización para abordar y comenzaron las negociaciones. Previsoramente el monarca había llevado con él a un cautivo, natural de Manila que hablaba las dos lenguas. Era el único sobreviviente de la tripulación de un barco que había caído en poder de los isleños mientras buscaba provisiones.
Ante el reclamo de Bouchard por el intento del ataque nocturno, el rey se disculpó y ensayó una justificación señalando que las proas habían salido a pescar, y dio todo tipo de seguridades en el sentido de que no serían nuevamente agredidos. 
Entonces el capitán decidió enviar un bote con los barriles necesarios para cargar el agua, pero tuvo la precaución de hacerlo acompañar por dos cutters con hombres armados como escolta.
No llegaron lejos, desde la costa comenzaron a lanzarles piedras y todo tipo de armas arrojadizas. Ante esta nueva agresión los botes regresaron a La Argentina cubriendo con el disparo de sus armas de mano la retirada. 
Con el rey aún a bordo, Bouchard le informó que podía condenarlo a muerte por la conducta de sus súbditos, pero decidió permitirle volver a tierra. Esta generosa acción pareció haber franqueado la resistencia de los joloanos porque cambiaron radicalmente su actitud y comenzaron a comportarse amigablemente.
Regresó el monarca con una proa ricamente adornada y acompañado por sus dos esposas favoritas. Traía consigo gran cantidad de frutas y verduras, además de cuatro búfalos para nuestros hambrientos marinos.
También pudieron completar la aguada sin ser molestados y los isleños pudieron comerciar libremente con los tripulantes del barco.
Bouchard entregó presentes en reciprocidad al rey, quien aceptó entregar al cautivo para que pudiera regresar  a su tierra. Señala el cronista que los presentes tenían por fin inducir a los nativos a respetar a los barcos extranjeros que llegaran a sus costas ya sea por necesidad o por gusto.
Al momento de la partida, el 7 de enero, un gran número de canoas acompañó a la fragata hasta que la isla se perdió de  vista. 
Bouchard continuó su crucero a Filipinas y cuando llegó a Luzón permitió al intérprete que regresara a su hogar y lo envió a Manila cargado de obsequios.
Termina el relato señalando: “luego de haber obtenido por resolución y vigilancia lo que necesitábamos para el barco… partimos”.
Nosotros también partimos y esperamos encontrarlos en la próxima escala.
¡Adelante con Bouchard!

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